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El paisaje de Naluc Método EPOA

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El cuento completo

El paisaje de Naluc

La historia con la que empieza todo. Naluc descubre que tiene un paisaje, aprende a llenarlo y se encuentra con un problema que no sabe contar.

Inma Rubio Hernández · Para leer con niños de 6 a 9 años · Unos 12 minutos en voz alta

Naluc mirando un árbol de fieltro con manzanas rojas, en un prado verde.
Un campo vacío con un árbol de fieltro pelado. Naluc y su abuela lo miran.

1

Un campo vacío

Detrás de la casa de Naluc había un campo.

No era un campo grande ni bonito. Estaba vacío. Solo tenía tierra, un poco de hierba y, en medio, un árbol pelado, sin una sola hoja.

—¿De quién es este campo? —preguntó Naluc.

Naluc miró el árbol. Era flaco. Tenía las ramas torcidas. No le pareció gran cosa.

—Pues vaya árbol —dijo.

La abuela se rió.

—Espera y verás.

Naluc sostiene una manzana roja de fieltro, pensativo, junto a su abuela.

2

La primera manzana

Al día siguiente, la abuela le dio una manzana roja de fieltro.

—Cuélgala en tu árbol.

Naluc se quedó pensando. Pensó un rato largo.

—Yo no tengo nada bueno —dijo al final.

La abuela se sentó a su lado.

—Ayer, cuando el gato del vecino se subió al tejado, ¿quién fue a buscar la escalera?

Naluc miró la manzana. Le dio la vuelta entre los dedos. Y la colgó de una rama.

Aquella noche, antes de dormir, se le ocurrió una palabra para su manzana: amable. No es que fuera el mejor en nada. Es que era amable. Y eso también contaba.

Naluc corre con un zapato en la mano, contento, hacia el árbol.

3

Una hoja nueva

Naluc llevaba semanas peleándose con los cordones.

Se le enredaban. Se le soltaban a medio camino. Le salía un nudo tan raro que había que deshacerlo con los dientes.

Hasta que un martes, sin avisar, le salió.

Un lazo. Torcido, pero un lazo.

Salió corriendo al campo con un zapato en la mano.

—¡Abuela! ¡Mira!

La abuela miró el lazo. Después miró el árbol.

—Eso es una hoja —dijo.

Y allí, en la rama de arriba, apareció una hoja verde.

Naluc pensó que un árbol con una manzana y una hoja ya no era un árbol tan pelado.

Naluc sentado en el escalón de la puerta con su perra apoyada en su pierna, al atardecer.

4

La flor que casi no ve

Una tarde de esas en las que no pasa nada, Naluc estaba sentado en el escalón de la puerta, aburrido.

Su perra vino, se echó a su lado y le apoyó la cabeza en la pierna.

Y ya está. Eso fue todo lo que pasó.

Pero Naluc se quedó muy quieto para no molestarla, y notó una cosa buena por dentro, como cuando bebes algo calentito.

Esa noche se lo contó a la abuela.

—Eso es una flor —dijo ella.

Al día siguiente, en su paisaje había una flor.

Y Naluc empezó a mirar más.

Naluc bajo la manta en su cama de noche, y después sentado en el campo con su abuela mirando una nube gris.

5

La nube

No todo eran manzanas y flores.

Una noche hubo tormenta. La luz se fue, la casa se quedó negra y Naluc se metió debajo de la manta y no quiso salir.

Por la mañana no quería hablar de eso. Le daba vergüenza: ya era mayor para tener miedo de la oscuridad.

Pero cuando salió al campo, vio que en su cielo había una nube gris.

—¿Y esa nube? —preguntó.

La abuela no dijo nada. Se quedó mirando la nube con él. Al rato, Naluc dijo muy bajito:

—Un poco sí.

Aquella noche durmieron con una linterna encendida encima de la mesilla.

La nube no desapareció ese día. Pero se hizo más pequeña.

Naluc de pie leyendo en voz alta en clase, visto desde detrás, mientras un niño se ríe al fondo.

6

El gusano

Y entonces llegó el jueves.

El jueves tocaba leer en voz alta.

A Naluc le tocó un párrafo largo, con palabras difíciles, y se atascó en una. La intentó otra vez. Se volvió a atascar.

Y alguien, detrás, se rió.

Fue solo una risa. Duró un segundo. La maestra siguió con la clase y nadie dijo nada más.

Pero a Naluc se le puso la cara ardiendo y se pasó el resto de la mañana con ganas de desaparecer.

Cuando llegó a casa, la abuela le preguntó:

—¿Qué tal el cole?

Y se fue a su cuarto.

Esa tarde, en el campo, Naluc vio una cosa que no había visto nunca.

Un gusano amarillo, gordo, subiendo despacio por el tronco de su árbol.

—Fuera —le dijo Naluc—. Vete de aquí.

El gusano no se fue.

Escenas apagadas de varios días y el árbol de Naluc mustio, con un gusano en el tronco.

7

Los días en que no pasaba nada

Durante los días siguientes, Naluc dijo que estaba bien muchas veces.

—¿Estás bien?

Pero los miércoles por la noche le empezaba a doler la tripa. Y los jueves por la mañana le dolía más, y decía que a lo mejor no podía ir al colegio.

La abuela le ponía la mano en la frente. No tenía fiebre. No tenía nada.

Y sin embargo le dolía de verdad. No se lo estaba inventando.

Mientras tanto, en el campo, el gusano seguía ahí. Y el árbol de Naluc empezó a ponerse mustio. Las hojas se le doblaron hacia abajo. Las manzanas perdieron color.

Naluc no quería ni mirarlo.

Porque un gusano por fuera casi no se ve. Pero por dentro se lo va comiendo todo.

Naluc y su abuela sentados junto al árbol, y Naluc llorando.

8

La pregunta

Un jueves, la abuela salió al campo con él. Se quedó un rato largo mirando el árbol: las hojas caídas, las manzanas apagadas, y el gusano agarrado al tronco.

—Naluc. Yo no sé qué te pasa. Pero tu árbol sí lo sabe.

Naluc apretó los labios.

—No me pasa nada.

Y se sentó. No preguntó otra vez. No le dijo que no era para tanto. Solo se quedó allí.

Pasó un rato bastante largo. Y entonces Naluc dijo:

—Se rieron de mí.

Y se lo contó todo. La lectura. La palabra. La risa. La cara ardiendo. Y el dolor de tripa de los miércoles por la noche.

Cuando terminó se quedó esperando. Esperaba que la abuela dijera «bah, eso es una tontería». Pero la abuela dijo:

—Menuda semana llevas.

Y Naluc, sin saber por qué, se echó a llorar. Y después se quedó más ligero, como cuando sueltas una mochila muy pesada.

Naluc pensando, con tres ideas dibujadas alrededor.

9

Lo que decidió Naluc

—¿Y ahora qué hago? —preguntó.

Naluc resopló. Le pareció injusto. Pero se puso a pensar.

—Podría no ir al cole nunca más.

Silencio.

—Podría leer en alto aquí en casa, contigo, hasta que me salga bien.

Naluc leyendo con su abuela, hablando con el otro niño, y el árbol sano con una mariposa rosa.

10

La mariposa

No fue ese día. Ni el siguiente.

Naluc leyó en voz alta en la cocina toda la semana, tropezándose, empezando otra vez, y la abuela no le corrigió ni una sola vez: solo escuchaba.

Y el lunes, en el patio, Naluc se acercó al niño que se había reído. Le temblaba un poco la voz, pero lo dijo:

—Cuando te reíste de mí el otro día, me sentí fatal.

Y no hablaron más del tema. Y al rato estaban jugando.

Naluc volvió a casa, salió al campo y se paró en seco. El gusano ya no estaba.

En su lugar, encima del árbol, había una mariposa rosa. Y el árbol estaba otra vez derecho, con las manzanas rojas y brillantes.

—Se ha convertido —dijo Naluc.

Naluc miró su paisaje un rato largo. Un árbol derecho. Manzanas. Hojas. Una flor. Una nube pequeñita, todavía. Y una mariposa.

Y pensó que ya no era un campo vacío.

El paisaje completo de Naluc y, debajo, las siete figuras del método.

11

Ahora te toca a ti

Naluc tiene su paisaje. Y tú también tienes el tuyo. Está en las páginas que vienen después de este cuento, y ahora mismo está casi vacío, igual que estaba el suyo al principio.

Aquí no hay respuestas buenas ni malas. Nadie te va a poner nota. Solo tienes que mirar tu día y preguntarte qué ha pasado dentro de ti.

Y luego colocarlo en tu paisaje.

Las figuras de tu paisaje

El árbol

Eres tú. Crece contigo.

La manzana

Una cosa buena que tienes. Si un día no se te ocurre ninguna, pregunta: los demás ven cosas de ti que tú no ves.

La hoja

Algo que has conseguido. Da igual lo pequeño que sea.

La flor

Algo bonito que te ha pasado y que casi nadie mira.

La nube

Un miedo. Ponlo. No pasa nada por tener miedo.

El gusano

Un problema del que no te apetece hablar. Justo ese.

La mariposa

Ese mismo problema cuando ya lo has resuelto. No llega el mismo día. Llega cuando llega. Pero llega.

Si pones un gusano, cuéntaselo a alguien.

A quien tú quieras. A tu padre, a tu madre, a tu abuela, a tu maestra. A quien te escuche sin reírse.

Porque los gusanos que se quedan callados se hacen grandes. Y los que se cuentan, algún día vuelan.

El paisaje del niño empieza aquí

El cuento presenta las figuras. Después, cada niño construye el suyo: en casa con el Diario, o en clase con la Guía.