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El cuento completo
El paisaje de Naluc
La historia con la que empieza todo. Naluc descubre que tiene un paisaje, aprende a llenarlo y se encuentra con un problema que no sabe contar.
Inma Rubio Hernández · Para leer con niños de 6 a 9 años · Unos 12 minutos en voz alta
1
Un campo vacío
Detrás de la casa de Naluc había un campo.
No era un campo grande ni bonito. Estaba vacío. Solo tenía tierra, un poco de hierba y, en medio, un árbol pelado, sin una sola hoja.
—¿De quién es este campo? —preguntó Naluc.
—Tuyo —dijo la abuela.
—¿Mío? Pero si aquí no hay nada.
—Todavía —dijo la abuela—. Este es tu paisaje. Y ese árbol de ahí eres tú.
Naluc miró el árbol. Era flaco. Tenía las ramas torcidas. No le pareció gran cosa.
—Pues vaya árbol —dijo.
La abuela se rió.
—Espera y verás.
2
La primera manzana
Al día siguiente, la abuela le dio una manzana roja de fieltro.
—Cuélgala en tu árbol.
—¿Y eso por qué?
—Porque cada manzana es algo bueno que tú tienes. Una cosa tuya, de las que te hacen ser tú.
Naluc se quedó pensando. Pensó un rato largo.
—Yo no tengo nada bueno —dijo al final.
—¿Ah, no?
—No. Lía dibuja mejor que yo. Teo corre más. Y yo no soy el mejor en nada.
La abuela se sentó a su lado.
—Ayer, cuando el gato del vecino se subió al tejado, ¿quién fue a buscar la escalera?
—Yo. Pero eso lo hace cualquiera.
—No lo hizo cualquiera. Lo hiciste tú.
Naluc miró la manzana. Le dio la vuelta entre los dedos. Y la colgó de una rama.
Aquella noche, antes de dormir, se le ocurrió una palabra para su manzana: amable. No es que fuera el mejor en nada. Es que era amable. Y eso también contaba.
3
Una hoja nueva
Naluc llevaba semanas peleándose con los cordones.
Se le enredaban. Se le soltaban a medio camino. Le salía un nudo tan raro que había que deshacerlo con los dientes.
Hasta que un martes, sin avisar, le salió.
Un lazo. Torcido, pero un lazo.
Salió corriendo al campo con un zapato en la mano.
—¡Abuela! ¡Mira!
La abuela miró el lazo. Después miró el árbol.
—Eso es una hoja —dijo.
—¿Una hoja?
—Cada vez que consigues algo que antes no sabías hacer, a tu árbol le sale una hoja nueva. Así es como crece.
Y allí, en la rama de arriba, apareció una hoja verde.
Naluc pensó que un árbol con una manzana y una hoja ya no era un árbol tan pelado.
4
La flor que casi no ve
Una tarde de esas en las que no pasa nada, Naluc estaba sentado en el escalón de la puerta, aburrido.
Su perra vino, se echó a su lado y le apoyó la cabeza en la pierna.
Y ya está. Eso fue todo lo que pasó.
Pero Naluc se quedó muy quieto para no molestarla, y notó una cosa buena por dentro, como cuando bebes algo calentito.
Esa noche se lo contó a la abuela.
—Eso es una flor —dijo ella.
—¿Una flor? Si no he hecho nada.
—Las flores no son por hacer. Son por darse cuenta. Hay cosas bonitas todos los días, Naluc, pero pasan tan deprisa que casi nadie las ve. Tú hoy has visto una.
Al día siguiente, en su paisaje había una flor.
Y Naluc empezó a mirar más.
5
La nube
No todo eran manzanas y flores.
Una noche hubo tormenta. La luz se fue, la casa se quedó negra y Naluc se metió debajo de la manta y no quiso salir.
Por la mañana no quería hablar de eso. Le daba vergüenza: ya era mayor para tener miedo de la oscuridad.
Pero cuando salió al campo, vio que en su cielo había una nube gris.
—¿Y esa nube? —preguntó.
—Las nubes tapan la luz —dijo la abuela—. Igual que el miedo.
—Yo no tengo miedo.
La abuela no dijo nada. Se quedó mirando la nube con él. Al rato, Naluc dijo muy bajito:
—Un poco sí.
—Ya. A mí también me da miedo la oscuridad, ¿sabes? Y tengo setenta y un años.
Aquella noche durmieron con una linterna encendida encima de la mesilla.
La nube no desapareció ese día. Pero se hizo más pequeña.
6
El gusano
Y entonces llegó el jueves.
El jueves tocaba leer en voz alta.
A Naluc le tocó un párrafo largo, con palabras difíciles, y se atascó en una. La intentó otra vez. Se volvió a atascar.
Y alguien, detrás, se rió.
Fue solo una risa. Duró un segundo. La maestra siguió con la clase y nadie dijo nada más.
Pero a Naluc se le puso la cara ardiendo y se pasó el resto de la mañana con ganas de desaparecer.
Cuando llegó a casa, la abuela le preguntó:
—¿Qué tal el cole?
—Bien.
Y se fue a su cuarto.
Esa tarde, en el campo, Naluc vio una cosa que no había visto nunca.
Un gusano amarillo, gordo, subiendo despacio por el tronco de su árbol.
—Fuera —le dijo Naluc—. Vete de aquí.
El gusano no se fue.
7
Los días en que no pasaba nada
Durante los días siguientes, Naluc dijo que estaba bien muchas veces.
—¿Estás bien?
—Sí.
—¿Seguro que estás bien?
—Que sí.
Pero los miércoles por la noche le empezaba a doler la tripa. Y los jueves por la mañana le dolía más, y decía que a lo mejor no podía ir al colegio.
La abuela le ponía la mano en la frente. No tenía fiebre. No tenía nada.
Y sin embargo le dolía de verdad. No se lo estaba inventando.
Mientras tanto, en el campo, el gusano seguía ahí. Y el árbol de Naluc empezó a ponerse mustio. Las hojas se le doblaron hacia abajo. Las manzanas perdieron color.
Naluc no quería ni mirarlo.
Porque un gusano por fuera casi no se ve. Pero por dentro se lo va comiendo todo.
8
La pregunta
Un jueves, la abuela salió al campo con él. Se quedó un rato largo mirando el árbol: las hojas caídas, las manzanas apagadas, y el gusano agarrado al tronco.
—Naluc. Yo no sé qué te pasa. Pero tu árbol sí lo sabe.
Naluc apretó los labios.
—No me pasa nada.
—Vale. Entonces me siento aquí contigo y no pasa nada los dos juntos.
Y se sentó. No preguntó otra vez. No le dijo que no era para tanto. Solo se quedó allí.
Pasó un rato bastante largo. Y entonces Naluc dijo:
—Se rieron de mí.
Y se lo contó todo. La lectura. La palabra. La risa. La cara ardiendo. Y el dolor de tripa de los miércoles por la noche.
Cuando terminó se quedó esperando. Esperaba que la abuela dijera «bah, eso es una tontería». Pero la abuela dijo:
—Menuda semana llevas.
Y Naluc, sin saber por qué, se echó a llorar. Y después se quedó más ligero, como cuando sueltas una mochila muy pesada.
9
Lo que decidió Naluc
—¿Y ahora qué hago? —preguntó.
—No sé. ¿Tú qué crees que podrías hacer?
—¿Yo? Tú eres la mayor.
—Sí, pero el problema es tuyo. Y las mejores ideas para un problema se le suelen ocurrir a quien lo tiene.
Naluc resopló. Le pareció injusto. Pero se puso a pensar.
—Podría no ir al cole nunca más.
—Podrías. ¿Y luego?
—Luego tendría que volver.
—Ajá.
Silencio.
—Podría leer en alto aquí en casa, contigo, hasta que me salga bien.
—Eso podrías hacerlo.
—Y podría decirle que no me hizo gracia. Al que se rió.
—Eso hay que tener valor para hacerlo —dijo la abuela.
—Ya lo sé. Voy a hacerlo.
10
La mariposa
No fue ese día. Ni el siguiente.
Naluc leyó en voz alta en la cocina toda la semana, tropezándose, empezando otra vez, y la abuela no le corrigió ni una sola vez: solo escuchaba.
Y el lunes, en el patio, Naluc se acercó al niño que se había reído. Le temblaba un poco la voz, pero lo dijo:
—Cuando te reíste de mí el otro día, me sentí fatal.
—No lo dije por nada —contestó el niño, colorado—. A mí también me pasa. Yo con la erre no puedo.
Y no hablaron más del tema. Y al rato estaban jugando.
Naluc volvió a casa, salió al campo y se paró en seco. El gusano ya no estaba.
En su lugar, encima del árbol, había una mariposa rosa. Y el árbol estaba otra vez derecho, con las manzanas rojas y brillantes.
—Se ha convertido —dijo Naluc.
—Eso hacen los gusanos —dijo la abuela—. Si los dejas escondidos, se lo comen todo. Pero si los sacas fuera y los miras de frente, un día se convierten en otra cosa.
Naluc miró su paisaje un rato largo. Un árbol derecho. Manzanas. Hojas. Una flor. Una nube pequeñita, todavía. Y una mariposa.
Y pensó que ya no era un campo vacío.
11
Ahora te toca a ti
Naluc tiene su paisaje. Y tú también tienes el tuyo. Está en las páginas que vienen después de este cuento, y ahora mismo está casi vacío, igual que estaba el suyo al principio.
Aquí no hay respuestas buenas ni malas. Nadie te va a poner nota. Solo tienes que mirar tu día y preguntarte qué ha pasado dentro de ti.
Y luego colocarlo en tu paisaje.
Las figuras de tu paisaje
El árbol
Eres tú. Crece contigo.
La manzana
Una cosa buena que tienes. Si un día no se te ocurre ninguna, pregunta: los demás ven cosas de ti que tú no ves.
La hoja
Algo que has conseguido. Da igual lo pequeño que sea.
La flor
Algo bonito que te ha pasado y que casi nadie mira.
La nube
Un miedo. Ponlo. No pasa nada por tener miedo.
El gusano
Un problema del que no te apetece hablar. Justo ese.
La mariposa
Ese mismo problema cuando ya lo has resuelto. No llega el mismo día. Llega cuando llega. Pero llega.
Si pones un gusano, cuéntaselo a alguien.
A quien tú quieras. A tu padre, a tu madre, a tu abuela, a tu maestra. A quien te escuche sin reírse.
Porque los gusanos que se quedan callados se hacen grandes. Y los que se cuentan, algún día vuelan.
El paisaje del niño empieza aquí
El cuento presenta las figuras. Después, cada niño construye el suyo: en casa con el Diario, o en clase con la Guía.